Las
entradas de este blog pretenden conformar una serie, que refiere a la vida
dentro de la lista de colonias que integran el código postal 42090 en Pachuca
de Soto, como son: Doctores, Céspedes, Felipe Ángeles, Real de minas, Cubitos,
etc. El objeto no es seccionar a grupo de especímenes a partir de delimitar una
zona de la geografía local. Todo lo contrario, más bien, a través de un ejercicio relacional con los individuos de la comunidad, divisar aspectos
característicos de la comunidad; formas culturales específicas que en cierto nivel responden a
figuras arquetípicas. Primeramente, cabe aclarar, por lo ambicioso que resultó en
retrospectiva el objetivo de estas entradas, que es un ejercicio más bien
complementario a dicha búsqueda, una ventana que podría ayudar a penetrar en
estos aspectos, desde mi humilde perspectiva individual. También relevante, es mencionar que la ambición sobre la
construcción de una serie que responda a mis objetivos de exploración, no es
más que una pretensión buscando aterrizar.
Para el
primer fragmento de la serie elegí no a un individuo, o grupo de estos, sino,
más bien, un lugar. Sede de integración e interrelación de la comunidad por
casi 60 años. El estadio de béisbol Gral. Alfonso Corona del Rosal -nombrado en
honor al prodigioso genio, proveniente de Ixmiquilpan; militar, abogado y político
mexicano. Con una carrera sin embargo cuestionable, por verse inmiscuido en el
conflicto estudiantil del 68 como uno de los principales artífices-. El estadio
se inauguró oficialmente en Marzo de 1963 por el Lic. Adolfo López Mateos;
entonces presidente de la Republica. Sin
embargo llevaba algunos años ya establecido como un centro clandestino de reunión. Ubicado en la calle de Tolantongo en
la colonia Céspedes en Pachuca de Soto, Hidalgo; resulta mi primer referente
del 42090.
La época dorada
del estadio, según me informan los responsables de mantener en orden el lugar,
fue durante las décadas de los 60’s y 70’s donde alojó grandes juegos multi talla;
selecciones deportivas nacionales de Cuba y Puerto Rico pisaron el estadio
durante esa época, además de que llegó a albergar juegos de absoluta relevancia
nacional como un Tigres contra los Diablos Rojos. Hoy día a 55 años de la
inauguración parece que lo mejor del recinto ya se vio. La nostalgia de
antiguos años tiñe irremediablemente la atmósfera del espacio. El estadio se ha
mantenido por la compañía incondicional de algunos cuantos que llevan la
tradición del béisbol hacia un compromiso casi religioso; que cambia únicamente
la devoción de la iglesia al campo. Uno de ellos, quizá el más fiel entre
todos, el señor Marcelino Hernández, ha dedicado su vida al estadio y al
deporte. Con sus más de 80 años; representante de una generación llena de
vitalidad, que se ha mantenido sana a través de la fórmula de la actividad. Hoy
se diría responde como el motor que da vida a este lugar: actividades que van
desde el mantenimiento en general, al cuidado receloso del precioso campo
dedicado exclusivamente a las actividades concernientes al béisbol;
aparentemente debe lidiar diariamente con pequeños diablillos que pretenden
transformarlo en cancha de fútbol. En fin, en hombres de su edad resulta
evidente que los años se vuelven más afilados conforme se acumulan, y uno de
los más tortuosos aspectos de mantenerse consciente a esas alturas parece ser
ver como los recuerdos se alejan, se vuelven difusos y se pierden en la bruma que
acerca la muerte. Sin embargo resulta absolutamente encantador ver como hay
algunos recuerdos que se mantienen intactos, y el brillo de los ojos que
resulta de revivir esas tardes radiantes de un domingo del sesenta y tantos o
setenta y tantos; como aquella vez que el bateador Portorriqueño hizo lo
impensable y saco la bola del campo, hecho que aparentemente no se ha repetido;
o aquella otra, cuando escribió marce en el cemento fresco de las gradas e inmortalizo
su nombre en el concreto que mantiene el estadio.
No obstante
el señor no es el único representante de épocas pasadas, existe en la oficina
de la recepción una colección de trofeos de lo que fue alguna vez el museo de béisbol,
o lo que pretendía ser y no se estableció. Estos se encuentran apilados en una
mesa, de forma que resulta del todo indistinguible la historia detrás de cada
uno. Y el objeto de un museo yace yerto junto con esta colección de figurillas
de bateadores y lanzadores.
Actualmente
se llevan a cabo partidos tanto de béisbol como de softbol, los días sábados y
domingos; entrenamientos regulares, además cuenta con servicios
adicionales: una pista para caminata y aparatos de gimnasio al aire libre, da
servicio a unas 200 personas a la semana, o al menos eso es lo que registra.
Cuando se
observan atisbos de la vida que un día hospedó ahí, es durante los fines de
semana al medio día; los sábados hay partidos de softbol o liga femenil, y los
domingos béisbol. Por lo regular hay algunas personas en porra
apoyando a cada equipo, además de los representantes de la vieja guardia, contemporáneos
de don "marce", que religiosamente asisten a los domingos de béisbol. Lo ideal
para pasar una tarde de descanso, varias cervezas, una cajetilla de cigarros,
una conversación llena de nostalgias, mientras se ve un deporte que se vive intensamente. Algunos miembros familiares acompañan a los jóvenes y no tan jóvenes jugadores, y en general
existe un ambiente de cordialidad entre todos los asistentes, desde el que
vende raspados y chicharrones hasta los visitantes casuales. La comunidad un tanto hermética, que en despliegues de algarabía converge con la excusa de un deporte; los hay apasionados y otros no tanto; hay
desde los más pequeños hasta los más viejos, hombres y mujeres por igual,
arremeten en gritos; y así jugada tras jugada se mantiene una atmósfera que resultara liberadora para algunos durante al menos unas cuantas horas. No es el deporte que
representa a el país, ni al estado, o al municipio mismo; pero si es el que
representa a una comunidad sin clase ni género, que busca sobrevivir por lo
aplastante de otros como el fútbol.
En síntesis
el béisbol me parece un deporte que se debe conocer por la experiencia en un estadio, entretenido, que resulta en excusa perfecta para compartir una
tarde con la familia o con viejos amigos; así como con vecinos o completos
desconocidos. Un extracto de lo que queda de una comunidad. Y que se encuentra en el 42090.














